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T3T 2026: Mi primer maratón de montaña, por Jon Aztiria.
Como ingeniero de profesión, tiendo a analizar el trail running a través de los datos. Para mí, meses de rodajes, series, tiradas largas y sesiones de fuerza debían traducirse en una ecuación perfecta el día de la carrera. Tras analizar los perfiles, los tiempos de paso de ediciones anteriores y mis capacidades, tracé un objetivo medible, realista y alcanzable: cruzar la meta en 5 horas y 30 minutos (bajando de las 6 horas iniciales, pero sin soñar con las 5 horas, que me quedaban grandes para un debut). Sin embargo, el parte meteorológico introdujo un factor corrector drástico que ningún algoritmo podía prever: una previsión de máximas por encima de los 30 grados.
En total, un recorrido de 42,8 kilómetros y cerca de +2.878 metros de desnivel que no regalan un solo metro. Para quien escribe estas líneas, este era el examen final de la temporada: su primera maratón de montaña.
- Distancia: 42,8 km
- Desnivel: +2.878 metros
- Cimas principales: Erroizpe/Larte, Uzturre y Ernio.
- Condición ambiental: Ola de calor con máximas superiores a los 30 ºC.
ANTES: El plan inicial y la variable del termómetro.
¿Darán su fruto los meses de preparación? La meteorología ha decidido meter una variable imprevista en la ecuación: ¡máximas de más de 30 grados! Con este panorama, el simple hecho de cruzar la meta ya será un auténtico logro absoluto. Toca tirar de cabeza, gestionar la energía y vaciarse
En este contexto, la gestión térmica, la nutrición y la hidratación constante pasaban a ser la clave para completar el bucle. Aun así, salí con un plan de tiempos meticuloso.
DURANTE: Gestionando la crisis muscular (y térmica)
El ambiente en la Plaza del Triángulo a las 8:45 de la mañana ya anticipaba un día duro. El termómetro subía con rapidez a medida que devorábamos los primeros desniveles. Este año, el sentido del recorrido nos llevaba primero hacia las rampas de Erroizpe y Larte para luego subir a la cima de Belabieta de forma bastante progresiva. Por suerte, hasta ahí la mayor parte del sendero discurría por sombra y el terreno resultó bastante corrible. Las piernas respondían bien, pero el sudor prematuro (algo raro en mí, que no suelo sudar mucho) era un aviso directo: hoy la clave no iba a estar solo en las piernas, sino en la cabeza y en la gestión de las sales (prevista en unos 400 mg de sodio por hora entre isotónico y pastillas).
El calor se hacía notar al cruzar los tramos a pleno sol y sin una gota de viento. Al encarar el cresterío hasta la icónica cruz de Uzturre (km 18), el bochorno apretaba, pero gracias al avituallamiento de los amigos y a los ánimos el tramo fue mucho más llevadero. Todo el mundo dice que la prudencia en un maratón es clave; en esta ocasión, era la única opción de supervivencia. Tras coronar Uzturre, saludé a mis amigos con una sonrisa para indicar que iba fresco y me lancé a tumba abierta por el bosque hacia el colegio de Irura.
Nada más empezar a bajar, sentí un pequeño amago de mareo.
Le di un buen trago al bidón y recuperé el foco rápidamente. Como me considero buen bajador, tiré de zancada larga y bajé con alegría, adelantando a varios corredores. Sin embargo, a media bajada (km 20) llegaron las primeras alarmas: el gemelo y el aductor izquierdos amenazaron con subirse. Eché mano de mi preparado casero “No cramps” (vinagre y sales), pero en ese momento no noté ningún efecto milagroso.
Al terminar el descenso llegamos a Irura, una transición de asfalto a pleno sol y a mediodía. El suelo quemaba. Fue en este punto donde, según supe después, muchos corredores decidieron abandonar. Yo, en cambio, aguanté bien el tipo y las molestias musculares se calmaron un poco. Toca reanudar la marcha hacia Alkiza por un sendero muy expuesto, alternando trote ligero y caminata rápida. Decidí duplicar la dosis de sales. Al llegar a Alkiza, parada técnica obligatoria para refrescarme, recargar agua y continuar. En días así, cada avituallamiento era un oasis donde empaparse la cabeza.
La subida al último pico la dividí en dos bloques:
Alkiza-Zelatun (las campas bajo el Ernio) y el asalto final a la cumbre. Por suerte, el sendero entre Alkiza y Zelatun lo conocía de un reconocimiento previo. Sin embargo, el sol abrasador acumulado pasó factura y las molestias musculares regresaron. Aquí me adelantaron la primera corredora de la general y otro corredor con el que iba a la par. Llegué corriendo a Zelatun aprovechando un tramo llano porque sabía que allí me esperaba mi familia (padres, hermana y primo). Les di un trago a una Coca-Cola que supo a gloria, me refresqué y salí pitando. Les saludé sonriente, pero fui honesto: «Voy bien de caja y estómago, pero justito muscularmente». Pasé por Zelatun en 4h 06′. El objetivo sub 5h 15′ se alejaba, pero las 5h 30′ seguían estando a tiro si gestionaba bien la crisis.
Como vivo en Gipuzkoa, el Ernio es un monte mítico para mí; he subido mil veces de pequeño.
Había corredores que pensaban que desde Zelatun ya todo era bajada, pero yo sabía bien que hasta la cumbre quedaba 1 km de distancia y unos +200 m de desnivel. El subidón de ver a la familia me dio alas e intenté ir trotando cuesta arriba, quizás forzando de más la maquinaria a esas alturas (km 33 aprox.). Logré devolver el adelantamiento a la primera chica y al corredor que me habían pasado antes.
Tras coronar la cima, los voluntarios me advirtieron de que tocaban 100 metros de terreno muy técnico donde me sentí algo torpe. Superado ese escollo, se abría una pradera preciosa y muy corrible, pero mis gemelos dijeron basta. Llegó el punto crítico: el gemelo izquierdo se me subió por completo y se quedó bloqueado. Muy a mi pesar, me tuve que tirar al suelo y pedirle a un padre que paseaba con su hijo que, por favor, me empujara la puntera del pie hacia arriba para estirar. Tras unos minutos agónicos, el músculo cedió y decidí reanudar la marcha con un trote muy suave.
A partir de ahí la estrategia cambió:
prefería terminar lento pero seguro, antes que arriesgarme a un nuevo bloqueo que me obligara a caminar hasta Tolosa. Por ello, en una bajada de casi 10 km hasta la meta donde en condiciones normales se puede volar a 4:00 min/km, me tocó ir conteniéndome a casi 8:00 min/km. Jamás pensé que diría esto, ¡pero deseaba que llegaran pequeños repechos para poder descansar los músculos de la bajada!
A falta de 5 km nos adentramos en un bosque frondoso. El cuerpo empezó a asimilar por fin las toneladas de líquido ingeridas (casi 4 litros durante la prueba) y las piernas me dieron una pequeña tregua. Fui mirando el reloj, calculando el margen para cumplir el objetivo de las 5h 30′. Quedaban 2 km y 10 minutos de margen… 500 metros y 2 minutos… pista de asfalto, entrada al pueblo, callejeo por la parte vieja de Tolosa, un último adelantamiento en los metros finales, ¡y la recta de META!
DESPUÉS: Lecciones aprendidas de un debut extremo
Finalmente crucé la línea de meta en un tiempo de 5h 31′, solo un minuto por encima de lo previsto en condiciones meteorológicas normales. En días de calor extremo en la montaña, terminar una maratón ya es una victoria absoluta. El cuerpo resistió el test de fatiga extrema y la estrategia de hidratación y nutrición (carbohidratos y sales) funcionó, aunque la gestión del ritmo en carrera es mejorable. Al «infierno» climatológico que sufrimos todos se le sumaron mis problemas musculares particulares, por lo que ese minuto de diferencia carece de importancia; la satisfacción es enorme.
Las lecciones para las próximas maratones de montaña son claras:
- Ser más conservador en la primera mitad y, sobre todo, no cebarse en las bajadas para preservar la musculatura.
- Entrenamiento de fuerza específico: incluir más excéntrico y fuerza en el gimnasio para blindar las piernas contra los calambres.
Quién sabe… ¿quizás buscaremos el sub 5h 00′ en la edición de 2027?
Por último, quiero agradecer al club Oargui por la impecable organización de esta espectacular T3T. Tampoco me olvido de mi familia y amigos por los avituallamientos clave y la energía en los momentos críticos. La afición guipuzcoana, como siempre, estuvo de diez: sus gritos de aliento en los senderos daban la energía que los geles ya no podían aportar.
Con esta medalla de finisher cerramos una temporada intensa de aprendizaje. Pero los que tenemos mente inquieta no sabemos tener el motor apagado mucho tiempo. Las zapatillas se toman un breve descanso… pero la mente ya está diseñando la próxima aventura. ¡Nos vemos en las sendas!
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