Pecados capitales Trail Running: La Lujuria. #Todoestoeracampo (6). Luis Arribas @_spanjaard.

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Los Pecados Capitales del trail llegan a su sexta columna en TODO ESTO ERA CAMPO. Una sección que ofrece la opinión de un veterano corredor, Luis Arribas @_spanjaard, quien lleva años compartiendo kilómetros con nosotros, una década desde aquellas sesiones con Los Paquetes, como aquellas ediciones compartidas en la Madrid Segovia.

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Luis lleva años viviendo la pasión de escribir, habiendo colaborado en numerosos medios, así como ha publicado ya dos libros. Vamos pues con estas letras de Marzo donde tras bregar con Gula, Avaricia, Ira y Pereza, hoy abre turno LA LUJURIA en #Todoestoeracampo

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#TODOESTOERACAMPO, por Luis Arribas @_spanjaard

Pecados capitales del Trail (6): La Lujuria 

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Exuberancia, demostración de abundancia. Esa es la traducción del latín a partir de la cual hubo un momento en que se decidió que eso sí que no. Que aquello era aberrante. Luxus, entre pitos y flautas, se convertiría en algo reprobable. De ahí a considerarlo uno de los pecados capitales por la santa madre iglesia católica solamente mediaría un paso. Ya nos vamos conociendo.

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Durante la Edad Media se acuñó la idea que el amor a la persona, al cuerpo, estaba desplazando al amor a Dios. Ahí arrancó esta caída en picado que terminó fortalecida por la Contrarreforma del siglo de oro de la mezquindad, el siglo XVI. Podría concederos que en esa época el arte se desmandó y los cuerpos y las carnes se salían desmesuradas del marco, de los pedestales. Pero no. Fue el picado en barrena del gusto por el cuerpo.

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Pero tenemos que ir centrándonos. Esta columna tiene que ir prendida de las carreras de montaña. Y muchos de los que habéis llegado a este tercer párrafo buscáis que me ponga directo con la carnaza. Carreras traileras y lujuria. Queréis saber quién encarna esa pasión carnal en el mundillo. El mejor culo del pelotón. Los gemelacos sudorosos más pornográficos. El pelo desorganizado por encima de la badana y caído sobre la cara. La espalda más robusta y los brazos que nos levantarían en vilo para arrojarnos a un lecho de hierba.

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Pues, queridos, me he puesto serio y sistemático. Como hacía años que no lo era. Y he hecho dos columnas en un papel. Una trata sobre cuerpos sudorosos, sobre desenfreno a escondidas en las duchas y las concentraciones de atletas en hoteles de montaña en las que el sexo en grupo y los estiramientos en las duchas son los reyes. Otra columna versa sobre el concepto de la exuberancia de las cumbres, los bosques sin final y el verde de los arroyos. Lo del verde follaje y las praderas lujuriantes es cierto. Pero atrae mucho menos vuestra atención.

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Lo cierto es que la lujuria lleva maldita demasiado tiempo. De modo injusto. Los archiconocidos Afrodita, Eros, o Anuket son deidades de la lujuria y también de conceptos-madre como un río gigante (el Nilo), de la reproducción o, tal cual, el amor. ¿Existe el Love Trail? Nada. No se organizan fiestas deportivas en conmemoración de ellos, ni de Dionisos. A ver, este último protagoniza fiestas sin final y el deporte es un concepto laxo y elástico sin remedio.

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Así que sólo me queda enlazar la lujuria con el sexual mundo de la senda tortuosa y el barranco sobre el que lanzamos el haz de luz de nuestro frontal en mitad de la noche. Las carreras de montaña y el deseo desenfrenado. Las pruebas que encienden la luz roja del barrio más peligroso. Seguiré aunque os ponga como motos. Tenemos nombres de pruebas cuyo erotismo está fuera de toda duda: Hardrock, Penyagolosa, o Boca del Infierno. Pronunciadlas despacio y sacando morritos. Bo-ca del In-fier-noooh. Los corazones acelerados cada vez que pasa un nuevo cuerpo deslumbrando con sus miles de metros de desnivel y parámetros imposibles. Somos una expresión viva de la falta de control sobre nuestros deseos carnales.

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Llega el momento de hablar de falta de control. No sé si habéis hincado el diente a Sexus. Sexus es una novela irreconciliable de Henry Miller. El que fue uno de los escritores de la generación beat americana se calzó una provocativa obra en 1962 que versaba sobre un egocéntrico y asqueroso neoyorquino y sus ganas de acostarse con lo que fuera, preferiblemente mujeres. Os podéis hacer una idea del material. Es una obra larga e interminable: algo en ella te expulsa y tienes que tirar de vicio para reengancharte.

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Pero ojo. Tanto a las mil páginas en las que el protagonista cuenta las ganas de follar que tiene como reengancharte a descripciones como la del idioma polaco, que le “evoca extrañas imágenes en las que siempre hay un prado con fina hierba cubierta de espigas donde avispones y culebras desempeñan un papel importante”. Ay, el campo y el sexo. Siempre unidos. Pues a ese entorno dedicas, devoto, horas y horas de zapatilleo.

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Territorio carnal. En una carrera organizada o no por la montaña siempre existe ese momento de excitación. En el campo todo sabe mejor. Esa bajada eterna nos lleva con los ojos entrecerrados y una sonrisa estúpida mientras corremos sin esfuerzo, mientras flotamos sobre lo que llevemos puesto en los pies y perdiendo el contacto con las hojas de los pinos, las rocas, raíces o arroyos cristalinos. Todo es excesivo en los canchales. Toda nuestra piel sabe más salada. Hay, creo, una ventaja erótica indudable en las carreras por el campo respecto del resto del calendario de asfalto.

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Ah. Sexus termina con el protagonista recuperándose de una imaginaria sesión de sado en la que ha hecho de perro. Por si os preguntan si merece la pena.

 

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MÁS PECADOS CAPITALES EN LAS CARRERAS DE MONTAÑA.

Si te ha gustado leer este episodio de #todoestoeracampo, no dejes de echar un ojo a sus hermanas: Ira, Avaricia, Gula, Pereza…

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Info publicada por Mayayo Oxígeno para Carrerasdemontana.com